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23/12/2012 El Mundo Mayte Amorós

Retrato del siglo XX en labios de los señores

El libro de Antònia Sabater caracteriza el lenguaje de la nobleza palmesana.

La nobleza de Valencia fue la primera
que dejó de hablar valenciano
para distinguirse como clase.
En Cataluña, la burguesía flirteó
con el catalán, pero en Mallorca los
Torrella contaban que su abuelo
les decía: «El primero que diga una
palabra en castellano rodará por
las escaleras».
Los señores de Palma hablaban
catalán como signo de distinción.
Nacidos a principios del siglo XX,
eran sencillos, huían de la ostentación
y llevaban con gala y orgullo
hablar su lengua propia. Formaban
una isla dentro de una isla. Crearon
un sociolecto que se recoge en
el libro Els senyors de Palma.
Història oral, de Antònia Sabater,
cuyo estudio que ha permitido caracterizar
el habla de los aristócratas
de principios de siglo XX.
La obra, editada por Edicions
Documenta Balear, estudia este estamento
a partir de la caracterización
del sociolecto que los identifica
como clase y que Sabater define
como un habla esencialmente conservadora,
correcta, cuidada, con
gran riqueza de léxico y un gran
número de arcaísmos. Sobre todo,
sin castellanismos.
La obra, que nace de una tesis
defendida en la Universitat de les
Illes Balears (UIB), destaca la variedad
lingu%u0308ística de los señores de
Palma, un grupo que sigue unas
normas muy rígidas en el uso del
lenguaje y les permite conocerse
entre ellos y diferenciarse.
«Confeccioné la lista de personas
en el año 95. Tenían que ser
mayores de 65 años y representativos
de esta clase social. Luego las
transcribí y, tras analizarlas, me di
cuenta de que los aristócratas palmesanos
eran una isla dentro de
una isla»: conservadores, endogámicos,
con unas costumbres como
los fidecomisos, una clase social inmersa
dentro de una isla.
El señor payés pertenece a una
familia conocida, con una casa materna
(que tenía que incluir un patio
interior) y tiene posesiones en
la Part Forana.
Volvían a Palma en la Purísima
y en el verano se trasladaban
tres o cuatro meses a una
possessió %u2013normalmente de
campo%u2013 y viajaban con sus carros.
Se trasladaba todo: la familia,
las criadas%u2026
«Desde su óptica ves toda
Palma, Mallorca, el siglo XX,
las otras clases sociales, el
mundo%u2026 porque para el noble
mallorquín: Mallorca, fora Mallorca
terra de moros i parir de la
França. Y si son devotos, Roma.
Pero no hay más vueltas. Ésa es
una definición que todos aceptan.
Desde su óptica y su habla se ve el
mundo y la historia. El noble mallorquín
se trataba de tú a tú con la
nobleza inglesa», relata Sabater.
Pero un noble se define, principalmente,
por su casa y su apellido.
Sus casas son un mundo. Es donde
viven las tres generaciones enteras.
Cada uno tiene una planta de la casa
y los criados que nacen, crecen
y mueren allí.
Y cuando hablan de casa se refieren
al término casa. El señor de
Palma no quiere oír hablar de palacio.
«Palacio, el del obispo», rechistan.
Además, cada casa tiene unos
colores en sus tapices, sus cortinas
y hasta su lacayo. Era habitual escucharles
preguntar: «¿De qué color
van vestidos tus criados?».
En los funerales se desplegaba la
grandeza de la casa. Se demostraba
su potencial. Los lacayos se ubicaban
en la escalera de la casa,
uno en cada escalón, y recibían a la
gente. «Pero no nos confundamos,
el señor mallorquín es sencillo, su
casa es sencilla y huye de la ostentación,
incluso en las joyas», recalca
Antònia. La señora adapta su ramo
de brillantes según la ocasión.
En el día a día quita varias ramas y
cuando acude a la ópera lo luce en
todo su esplendor.
Al noble le gusta la carxofa blava
(alcachofa azul) y el porc negre
(cerdo negro). Es decir: los productos
autóctonos. Hace matanzas en
su casa y repudia a los nuevos ricos.
Se refiere a ellos con un mote:
mossons, un insulto muy noble para
referirse a una persona que hablaba
castellano para aparentar lo
que no era. De ahí que no existan
los castellanismos en su lenguaje
depurado. Comen cuixot (no jamón),
fraules (no fresas), mantega
o saïm (no mantequilla) y van a la
potecaria (no farmacia).
Nadie lo engañaba porque, como
reconoce Sabater, «se conocían
entre ellos por el habla». Y para
distinguirse, pronunciaban sus
apellidos de pedigrí: Aulesa en vez
de Oleza, Roseio en vez de Rosselló
y Villaronga por Villalonga.
«No importa el orden de la
Maestranza, del caballero de Alcántara,
del Templo, ni tener muchos
títulos: en Mallorca es especial.
Los títulos no importan porque
tú eres más que un título eres
de una casa y si tú eres de Can Torrella
tienes un título de la Conquista
que vino con Jaume I», matiza
la autora, quien reconoce que
los títulos los dan los Borbones, no
los Austria, y «todos son más de los
Austria». Aunque algún que otro
botifarra hay, «pero pocos».
De porcs i de senyors han de venir
de casta, dice el refrán. Y lo
cumplieron al pie de la letra. Se
casaron entre ellos para mantener
el patrimonio. Sus casas albergaron
tres generaciones y durante siglos
mantuvieron sus privilegios y
su prestigio social hasta que el capitalismo
y la globalización favorecieron
la decadencia de los señores
de Palma.
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