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05/09/2012 B!ritmos Iván Sánchez-Moreno

La revista digital musical "B!ritmos" comenta "En la república del ruido"

Menos ecléctico que en El doble silenci (Documenta Balear, 2003), Antoni Pizà ofrece de nuevo una dispar compilación de críticas y semblanzas musicales,aunque esta vez centrándose casi exclusivamente en la producción operística del Metropolitan de Nueva York que disfrutó en calidad de corresponsal de la revista Ritmo entre 1996 y 2001. Distribuidas en tres partes %u2013con el añadido de dos pormenorizados análisis de la vida y obra de Antoni Literes%u2013, el autor reparte por igual caricias y cachetes entre los vivos (Philip Glass, Robert Craft, Renée Fleming, Plácido Domingo, José van Dam) y los muertos (Frederic Mompou, Ernesto Halffter, John Cage, Leonard Bernstein, Arnold Schönberg %u2013a quien juzga como un vanguardista apolillado%u2013), además de reseñar algunas funciones de títulos célebres como La Traviata de Verdi, Le Nozze di Figaro de Mozart, la Tetralogía y Tristán e Isolda de Wagner, Ifigenia en Tauride de Gluck, Samson y Dalila de Saint-Saëns, Pelléas y Mélisande de Debussy o la Carmen de Bizet.
Pizà (Felanitx, 1962) defiende a ultranza la labor del crítico como co-creador que debe destacar nuevos valores ocultos de la obra. A un lado de su postura sitúa a aquellos críticos que se sirven de la pormenorizada investigación, de la extensa documentación y de la reflexión profunda, como Adolfo Salazar o Charles Baudelaire; y en el otro, los apocalípticos que ven en el arte musical intereses de mercado, corruptelas sociales y poco más que un negocio para parásitos, como Teodoro Adorno o Norman Lebrecht y sus polémicas (pero, ay, tan acertadas, sin embargo) diatribas contra los malos gestores culturales que nos han llevado a la ruina que actualmente sufrimos los aficionados a la música. Al respecto, Pizà no duda en comenzar el libro recordando la severa crisis que asoló el panorama artísticos hace casi veinte años con numerosas amenazas de huelgas sindicales, boicots a espectáculos, suspensión de pagos, despidos masivos y cribas holocáusticas en el medio musical de Nueva York.
Pizà no disimula que es un absoluto enamorado de esta excepcional ciudad estadounidense. En su imbricada y laberíntica red de calles y avenidas se esconden verdaderas rarezas como una escultura que conmemora el paso de Antonin Dvorak por el país, una placa en un humilde bloque de pisos en el bohemio East Village homenajea a Astor Piazzolla, y hasta un barrio entero de la ciudad fue sufragado originariamente por la familia Steinway, entre otras curiosidades para el paseante melómano. Pizà también tiene el detalle de llorar el cierre del mítico CBGB, un local que vio florecer las mieles de bandas de punk y new wave como los New York Dolls, los Talking Heads, los Ramones, Blondie, Patti Smith, DNA y tantos otros. Pero tampoco pierde la ocasión para hablar de la fiebre flamenca que empachó la cartelera musical con la recurrente presencia de nombres como los de Joaquín Cortés, Antonio Canales, Sara Baras, Víctor Ullate y continuos tributos a Carmen Amaya y otras divas de la danza española de raíz, como si la música patria no pasara de ese cliché (de hecho, entre las páginas de este libro, Pizà nos confiesa que la forma clásica de la zarzuela, entre cantada y hablada, deriva del modelo italianizante de arias y recitativos, de estilo barroco, así que los puristas que se visten los domingos de chulapones seguro que se estarán mordiendo las uñas con rabia contenida).
Afilado a veces, Pizà arremete contra directores de escena que, como Robert Wilson, se imponen no sólo sobre el libreto de la ópera a representar, sino incluso por encima de la propia música, hasta el punto de que lo visto y lo oído nada tienen que ver. Otro tanto aduce de los montajes de Franco Zeffirelli, que parecen más bien pensados por un obsesivo decorador de interiores. De Cecilia Bartoli afirma con rotundidad que su merecida fama en disco no tiene parangón en directo. No obstante, señala la justa importancia que tiene la voz de los cantantes para caracterizar psicológicamente al personaje que interpretan: en ópera no basta con cantar bien para ser expresivo, sino actuar con una amplia gama de matices.
Y entre otras anécdotas, Pizà advierte que se están reescribiendo las partituras que Caravaggio y Vermeer pintaron en sus cuadros, que Philip Glass se costeó la carrera de músico currando de taxista en las calles de Nueva York, y que el legendario Farinelli trató de desviar el cauce del Tajo con el fin de escenificar espectáculos musicales en el agua. Lástima de los numerosos errores tipográficos y de edición que lastran el libro en cuestión, algunos tan llamativos como los de ilustrar ciertos artículos con una imagen que poco o nada tiene que ver con el texto, como ocurre con una foto de Klaus Kinski para acompañar una reseña sobre Wozzeck %u2013y no, en ningún momento se habla de la adaptación cinematográfica de Werner Herzog (1979)%u2013 o esa otra de un señor ignoto con barba que muy seguramente no se corresponde con la del compositor Antoni Literes (1673-1747) por razones cronológicas más que evidentes. Cosas de la búsqueda a ciegas con Google, claro.
Anau a la notícia

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