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16/04/2009 Diario de Mallorca Nadal Suau

"El sujeto ante el cine". Nadal Suau comenta "Les ciutats i el cine", de Jordi Martí

LITERATURA Y CINE
 
Hasta la página 91 de su libro Les ciutats i el cine, Jordi Martí se nos ha revelado como un hombre civilizado, esto es: cinéfilo, viajero, lector y vecino de Alaró (recítese esta retahíla in crescendo). Y entonces llega el artículo “La subjectivitat del cinèfil”, el mejor de todos, donde leemos que “qualsevol judici sobre cine - de fet, qualsevol judici sobre qualsevol manifestació artística- és en el fons subjectiu”. La frase sonará irrefutable a algunos; a mí me parece que puede hablarse. Para establecer hasta dónde nos podemos fiar del criterio propio, conviene preguntarse primero qué le pedimos a una obra de arte. He aquí mi opinión: debe sustraernos de nuestra circunstancia, hacia adentro pero también hacia fuera. He aquí la opinión de los creadores de tendencia en la red: la cultura debe celebrar que comíamos Frigo-pies cuando éramos niños. Ante tal desolación, vale la pena aparcar la subjetividad, aceptando la autoridad de la tradición: muchos caen en la banalidad creativa porque prefieren lamerse la adolescencia hasta la náusea antes que abordar la lectura de San Agustín. La subjetividad tiene mucho que decir... cuando ya manejamos el canon con soltura. Es el caso de Jordi Martí, que utiliza astutamente una anécdota: en un viaje a Viena perdió sus gafas, así que contempló bajo el efecto de la miopía los cuadros de Bruegel exhibidos en el Kunsthistorisches Museum. “Tal vegada Bruegel es va convertir en un dels meus pintors preferits, precisament, per la meva visió deformada”, remata con gracia. Pero para obtener esa visión, tuvo que ir al Museo. Sin embargo... El cine es el arte masivo: cualquier película minoritaria llega a un público mucho más amplio que las novelas de Goytisolo -Philip Roth escribe que los libros han cedido su espacio a las películas como eje de la discusión cultural-. Sobre todo, el cine nos hiere de una forma especial, asalta nuestra biografía de forma inmisericorde. Para una generación de cinéfilos, la gran pantalla fue ese ritual que
los liberaba de un ambiente hostil; no era una afirmación intelectual, sino un banquete de héroes, mundos lejanos y largas piernas de Cyd Charisse. Las imágenes fascinan, secuestran cariñosamente, deslumbran: ¿quién puede renegar de Jeremiah Johnson solo porque existió Molly Bloom?
En fin, el cine se injerta en nuestra vida con la fuerza de lo dionisíaco, y nadie se
corta un brazo en nombre del Canon, aunque ese brazo tenga hechuras de serie-B. En Mallorca, hay un señor con aspecto de gaucho que se llama Jaume Vidal. Es inquisitivo, feroz y de mirada eléctrica; gracias a él, el centro de cultura Sa Nostra ha sido nuestra filmoteca durante mucho tiempo. Le debemos haber visto El proceso a los diecisiete, La mujer en la luna a los veintidós o Diario de una camarera a los veintiocho; le debemos la ficción de vivir en una ciudad que se toma en serio lo que es serio. La revista que edita, Temps moderns, acogió los artículos que ahora recoge Les ciutats i el cine. Es un libro útil muy completo: aunque celebre el gusto propio, Martí ofrece un catálogo objetivo de grandes obras. A ratos es prudente, casi hasta diluir demasiado su propia voz; otras
veces asoma el creador, y entonces resplandece Lisboa. Aquí desfilan ciudades
que el cine ha fotografiado, construido o reconstruido. Triunfo del arte: las más ficticias (Metropolis, Los Angeles de Blade runner) son las que mejor nos definen.

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