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05/09/2009 Lecturalia Alfredo Álamo

Una visión sobre el futuro de los libros

El mundo del libro se acerca poco a poco a un cambio inexorable con la llegada de una red global, un acceso permanente a ella y a una necesidad -justificada o no- cada vez mayor de información.
La mayor parte de los artículos en los que hablamos de este tema se centran sobre el corto medio plazo: cómo las editoriales preparan sus fondos, cómo van a ser las próximas pantallas de e-tinta o qué papel pueden jugar las operadoras de telefonía y las grandes cadenas comerciales en todo este negocio.
Ahora que estamos en verano, y casi nadie nos escucha, me gustaría ir un poco más allá, avanzar unos veinte años en el tiempo, realizar un ejercicio de anticipación sobre el futuro del libro y hablar un poco de cómo es mi visión personal de hacia dónde nos dirigimos (si superamos el año 2012, que según algunos significará el fin de la civilización tal y como lo conocemos).
Dentro de los avances tecnológicos y de soporte doy por hecho que el papel electrónico flexible e interactivo será una realidad, sobre todo teniendo en cuenta que ya hay prototipos hoy en día. Eso nos lleva a gadgets multifunción, de gran pantalla y resolución, finos como una hoja de papel, plegables o enrollables. El acceso a una red global de comunicación a velocidades muy superiores a las actuales nos daría capacidad vídeo y música en streaming desde prácticamente cualquier lugar en el que nos encontremos. Eso, claro, se aplica con mayor facilidad a los ebooks.
Los libros en papel se convertirán -si no lo son ya- en elementos de lujo personal. La edición de bolsillo barata, la que más se vende hoy, es probable que desaparezca a favor de sistemas de suscripción o de alquiler temporal, como ya pretende instaurar Google. Se comprarán en papel aquellos libros que realmente se quiera poseer o regalar. La compra compulsiva o de prueba desaparecerá de los libros físicos.
El desarrollo de las tecnologías de nube y almacenamiento externo nos ofrecerán acceso en cualquier momento y lugar a nuestra propia biblioteca. Incluso el formato de los libros podrá ir cambiando de manera automática a medida que la tecnología o el software avance, evitando la obsolescencia de antiguos textos.
Las actuales distribuidoras de libros tendrían que empezar a buscar nichos alternativos de mercado: el volumen de libros en movimiento o almacenados bajará muchísimo. El viejo dicho de “Si quieres hacer dinero con la literatura, cómprate un camión” pasará a ser “Si quieres hacer dinero con la literatura, monta un servicio de suscripción lo más amplio posible a través de la red”
¿Dónde deja esto a editores, escritores y libreros?
Los editores, si siguen el modelo que deberían seguir y no se aferran al formato en papel hasta la muerte, comprenderán que su fondo editorial pasa a ser un todo, un conjunto por el que la gente estará dispuesta a pagar para tener acceso a él. Si la demanda se genera sin que exista una oferta correcta, la piratería se convertirá en un fenómeno imparable.
Los escritores se enfrentan a dos cosas: La primera, el cambio que supondrá escribir libros en una sociedad plenamente digital. Muchos libros se convertirán en piezas de hipertexto en los que el autor deberá ser capaz de atrapar al lector entre un mar de datos, ventanas emergentes y mensajes de mail. Por otro lado, la interacción entre el escritor y sus lectores aumentará a niveles nunca vistos. La sociedad digital no perdona ni la reclusión ni los malos modos.
Los libreros. Ahí es donde me surgen más incógnitas. De hecho, la especialización de la pequeña librería me parece la mejor manera de su supervivencia, sobre todo si repunta el Print-On-Demand. A mi juicio, y puede parecer raro decirlo ahora, a quien veo peor dentro de veinte años es a las grandes cadenas de librerías y a los apartados de libros en los grandes centros comerciales. El libro de paso, el libro de batalla, que es el que suele comprar ahí, pasará al dominio de las tiendas electrónicas o al e-book. El librero como guía a la hora de comprar y descubrir autores nuevos siempre ha sido un referente que puede ser borrado por la capacidad de los algoritmos de recomendación en las tiendas virtuales. El trato humano, sin embargo, no puede ser sustituido.
Esta es una visión incompleta, por supuesto, no incluye muchos factores, sobre todo los de presión económica por parte de muchos sectores, pero no creo que se aleje tanto de la realidad del año 2029, año en que por tradición la humanidad debería estar ya colonizando la galaxia.
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